Además del aumento progresivo del riesgo de enfermar y del declive sensorial, el envejecimiento
trae consigo un enlentecimiento de la actividad cognitiva y comportamental:
El cuerpo se mueve más lentamente, con menos agilidad por
la atrofia muscular, degeneración ósea, y posiblemente artritis. El equilibrio
también puede disminuir, y con ello el riesgo de caídas y fracturas crece
peligrosamente.
El tiempo de reacción aumenta, es decir, la velocidad con
que las personas reaccionan para ejecutar tareas motoras disminuye. Las tareas
pueden ser simples (como encender la luz) en donde la velocidad llega a
disminuir en un 20%, y tareas complejas (como escribir a mano o a máquina)
donde la velocidad puede disminuir hasta en un 50%.
Esta disminución en la “velocidad de procesamiento de
información” supone un enlentecimiento en las capacidades de aprendizaje,
memoria, percepción e inteligencia.
A partir de los 30 años las personas empiezan a
despertarse en medio de la noche, para los 50 años es muy raro que una persona
pueda dormir toda la noche sin interrupción.
Después de los 60 años, se producen dificultades para
conciliar el sueño al acostarse y también luego de despertarse en medio de la
noche.
Referencias:
Schaie, W. & Willis, S. (2003). Psicología de la edad
adulta y la vejez. Madrid: Pearson Educación




